sábado, 28 de febrero de 2015

Finalista del Primer Certamen de Relato Corto Asociación Segontia de Zaragoza

En el 1º Certamen de Relato corto de la Asociación Segontia de Zaragoza quedé finalista con mi relato: ELENA.



¡Buenas Tardes!
Procedemos a publicar los nombres de los/las finalistas del Certamen de Relatos:
CATEGORÍA A
- Jorge Pando Sangrós (Pinseque - Zaragoza)
- Iziar Usain Blasco (Pinseque - Zaragoza)
- Víctor Bayona Marchal (Pedrola - Zaragoza)
- Mercedes Peris Miranda (Pinseque - Zaragoza)
- Belén Quílez Gay (Pinseque - Zaragoza)
CATEGORÍA B
- Paula García Prada (Madrid - Madrid)
- Víctor Asensio Román (Alagón - Zaragoza)
CATEGORÍA C
- Eduardo Ramírez Monzón (Las Palmas de Gran Canaria - Las Palmas)
- Margarita Retana Caballero (Carranque - Toledo)
- Emilia Salas Medrano (Pinseque - Zaragoza)
- María de los Ángeles Lonardi Gette (Almería - Almería)
- Purificación Albero Alquezar (Zaragoza- Zaragoza)
Aquí comparto el relato para que lo disfruten.

ELENA

Su rutina se ha convertido en la perfección absoluta, sin descuido posible, para no molestar a nadie, para no disgustar a su marido, para evitar una paliza como sea.
Convertida en diosa de la mitología más cercana, en su casa, en su cocina, engorda al enemigo, alimenta a su verdugo. Callada, en silencio, como animal en acecho…esperando el momento oportuno para ser ella otra vez. Sin saber que no, que no podrá nunca sobreponerse,  ni superar esa opresión que siente en el pecho cuando lo tiene cerca, cuando se empequeñece…
Recorre la casa a toda prisa, sin reparar en los detalles. Casi nunca hay tiempo para esas cosas. A ella el tiempo mucho le vale y debe estar pendiente de todo, por eso, no puede pensar, ni parar a preguntarse qué puede hacer por ella, en qué invierte su tiempo o a qué se dedica en los ratos de ocio…¿quién tiene tiempo para eso? Esas son cosas de mujeres tontas e inútiles que no hacen nada en su casa y que desatienden a su marido y a sus hijos -se dice-.
Y cada gesto va minando las ganas y las fuerzas de seguir adelante porque parece que el final nunca está cerca y a veces ni siquiera es visible, posible, ni probable. Y en esa lucha interna y a tientas, Elena se debate y se retuerce. Piensa y se auto convence que debe seguir aguantando porque nadie va a creerle, porque no puede quitarle el padre a sus hijos, porque se ha casado para toda la vida, porque su madre no la comprendería, porque… ¿por dónde empezar? Si es que hubo un principio, ha pasado inadvertido. Inadvertido hasta por ella misma porque en su cabeza no parece haber señales y no parece que las hubiera habido nunca.
Busca y rebusca en su baúl de los recuerdos y por momentos se hace con ellos, a jirones, como su corazón…pero se deshilachan fácilmente y huyen despavoridos al menor ruido. Vive en un sobresalto, con el alma inquieta, obviando lo más obvio y cuidando los detalles desde la puntilla de los huevos hasta el aspecto de su sombra y los sonidos…la alteración perfecta de los demás sentidos. Hay que evitar los sonidos, hay que eliminar los ruidos, hay que andar con sigilo, hay que mover las cosas con atino, hay que llevar y traer, hay que enderezar, hay que torcer, hay que levantar, bajar, subir, salir, entrar, aparecer y desparecer…hasta que, sola en la cocina, sólo es capaz de pergeñar nuevas maneras de hacer sin ser. Sin ser vista, ni oída. En el más absoluto silencio, en el más tenebroso anonimato, intramuros, donde nadie ve…donde habita el desquicio, al borde del abismo.
Cada mañana apenas sale el sol, se levanta y pone en marcha la casa, organiza el desayuno, levanta los chicos, pone la mantequilla junto al pan caliente, olvidando todo lo demás… sin lugar en su cabeza y en su maltrecho corazón, que no sea para el amor a sus hijos y al que una vez fue su embrujo. Y así, como embrujada, anestesiada, hace cada movimiento autómata en la casa, conocedora de cada rincón. Hasta que él la reclama, hasta que él la interrumpe y le grita, hasta que él le levanta la mano…
Esa mañana sale Elena de su casa, bien arreglada, recién duchada, con el pelo aún mojado y con unas gafas de sol enormes, la ropa del domingo y con medio frasco de perfume encima, con los tacones y la falda ceñida que hace suspirar a medio barrio. Sale y da un tremendo portazo. Para no volver la vista atrás, para no regresar jamás. Los niños saben que los recogerá en el colegio y no han dicho ni una palabra. Pareciera que todo está detenidamente pensado y organizado. Ha cumplido con cada minuto como si del plan perfecto se tratara, como un reloj sincronizado.

Ahora sube al coche, enciende la radio y sube el volumen. Irá a hacer unas compras, pasará por el banco para retirar dinero, llamará a una amiga…todo mientras el verdugo que ya no tiene a quien maltratar, solo, en la cocina de su casa, se desangra.
María Ángeles Lonardi

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